luna

Ivanhoe

Poncho, Poncho me gritan y levanto la cabeza y miro al Cuca.

¡Que pasa!

Los curas del Colegio vienen hoy, más rato estarán aquí. Es sábado y estos últimos sábados pasados han venido los curas a catequizarnos.

Sigo mirando al Cuca y pienso en estos curas y sus ayudantes. Ya voy por cumplir once años. Estoy asentado aquí a las afueras de la ciudad y vivo con otros amigos en una “cueva” que hicimos excavando hacia el interior de este mar de basura, papeles y otros desperdicios. Las murallas están decoradas por toda clase de colores y formas, algunas nos recuerdan anímales como ratas, conejos, pájaros que ya no cantan…

A veces son los animales semi-solidificados que se muestran a manera de cuadros surrealistas. Una rata aquí otra por allá, colores rojos blanquecinos y mierditas. Un mural a todo trapo digno de un pintor surrealista. El hedor que desprende este paraíso ya no lo sentimos, pero sabemos que está allí (yo pienso – con risa - que enmascara el hedor de mis “vecinos” y el mío también ).

En el ambiente que vivimos, lo único que nos ofrece la vida en este momento es desolador y fantásticamente deprimente para aquel que nunca ha vivido en estas circunstancias.

Mi vida se centra en recoger cosas, que para otros son desperdicios, desechables, mugres de todo tipo que va a dar el tacho de la basura, que nos compran los medios pollos de los traficantes en papel; huesos y otros desechos que podemos encontrar entre la mierda de este basural en esta comuna del gran Santiago.

El Cuca, otro guacho que se nos unióm, es el más joven – siete, ocho o nueve no lo sabemos pues él no se acuerda. Es sordo pues se le infecto el oído cuando un poroto le germino en la oreja lo que largo tiempo le produjo dolores tremendos y perdió la capacidad de escuchar.

Le llamamos el Cuca pues por su sordera siempre grita y recuerda de alguna manera al auto de los pacos. Su postura, talante, rostro, caracho lleno de mocos, pelo engreñado, barriga y piernas flacas lo acreditan como miembro de esta colonia en la ciudad callampa de este Santiago a principios de los años 50 del siglo veinte.

Miro el gran terreno cubierto de basura y de figuras buscando no solo algo de comer sino también papeles, cartones y botellas para recoger y luego “vender” a los capos del barrio. Hay huesos de pollo, vacuno y de algún animal desconocido que se recogen para venderlos a las fábricas de cola.

Imposible casi describir este desierto ondulado de basura con un vaho de olores asquerosos, trapos, tarros e infelices trabajando y los millares y millares de moscas haciéndonos la competencia por algo de comida.

Nuestra caverna es una de las muchas, con familias o grupillos de gente que viene a trabajar en este basural y a sobrevivir la pobreza casi absoluta que nos condena a vivir de esta manera.

¡Cavernarios del siglo 20!

La entrada de los camiones tiene una caseta de madera donde hay un cierto control de las basuras que vienen al deshecho y tambien lugar para recibir regalos por cargas no descritas y peligrosas para la salud; vino, empanadas y otros que van a dar al “cuidador” del basural.

En esta caseta los sábados los curas vienen a hacer catequismo. La religión debe propagarse y los hermanos de un colegio en la Alameda, frente a la Estación Central, tratan de enseñar la fe cristiana a estos chiquillos que comprenden nada más allá del sobrevivir diario con sus penurias y sinsabores.

Cuca vamos a ver si hoy han traído algo de comer. Con las patas y el buche vacío corremos hacia la entrada con la expectación de hombres pequeños esperando un medio día más alegre en este infierno maloliente.

El hermano Camilo aparece con un par de chicos de nuestra edad más o menos; fornidos, bien alimentados, con el uniforme azul gris del colegio, sonrientes. Los miramos – nos miramos – con curiosidad mutua y notamos con nuestra sabiduría callejera que algunos de ellos no esperaban catequizar en este “barrio” ni menos peleando valientemente contra el hedor y el ataque constante de las moscas.

Moscas, moscas y más moscas.

Hay uno que me saluda - Hola Poncho, ¿cómo estás?

- Bien, aquí como siempre - ¿Te aprendiste las oraciones ya?

- Maomeno noma -

Bueno, ya las aprenderás, es cuestión de repetirlas no más.

- Y tu ¿Cuca? Miro al Cuca y le veo con los ojos en blanco y escondido detrás de su sordera.

No contesta.

El hermano Camilo se apresta para dar su clase y nos sentamos con esta muchachada (unos diez diría yo). Todos jugamos a escuchar mientras la barriga nos apuñala constantemente. La sed, el hambre y el cansancio de pretender concentración en las palabras profundas, sagradas y a veces de una crueldad insólita – el infierno para los no creyentes, pecadores - y una miríada de posibilidades de ir a ese lugar donde nos quemaremos por una eternidad , casi nos quita el apetito.

El Cuca está como en trance con una cara de angelito negro, solo lo traiciona su falta de peso para hacerse pasar por querubín! Unos veinte minutos – interminables - de sufrimiento para ambos bandos con el Camilo al medio recitando con tono paternal, voz apropiada para estos entuertos propagando la fe en el altísimo, el santo padre que cuidara de nosotros por sécula seculorum, la santísima trinidad y la esperanza de vida eterna. (el infierno se ensenará en sábados futuros).

Todos escuchan con debida atención, el Cuca sonríe de vez en cuando y solo piensa, creo yo, que está descansando y que posiblemente recibirá algo de comida. Nadie, ninguno –desde el cura hasta el último de los estudiantes - parece darse cuenta de que estos mocosos solo están allí para recibir unas marraquetas y hallullas mucho más frescas que las de costumbre y poder ver qué película nos darán hoy para cerrar la tarde.

Repartimos los sanguches – el Poncho toma dos para asegurar que el Cuca también logre comer y algunos de los otros hacen lo mismo para dar a sus amigos que no han podido venir o sea ya para matar el hambre propio. Sonríen y comen. Los catequizantes pelean en silencio con las moscas… El proyector ya está en la mesa y el primer rollo ya está por empezar.

Zumba el motor y el celuloide pasa por la lente y el titulo nos sonríe: IVANHOE, los chicos gritan “Aivanjo” película que ya se la saben casi de memoria, las pelea de los caballeros los hacen gritar y a nosotros sonreír ya que les tratamos de “traducir” los subtítulos – estos chicos no saben leer – sin lograr explicar en lo oculto de este dramón en colores, de Reyes, vasallos, Judios y Cristianos dispuestos a salvar al Rey, y las infaltables doncellas hermosísimas y además vírgenes

Ivanhoe será la película que verán estos mozos los próximos 20 sábados y que no comprenderán absolutamente nada de mas allá de registrar las peleas de los caballeros, Reyes en cautiverio, el final que representa un duelo en que el caballero blanco ha derrotado a su contrincante que muere como un ángel diciendo siempre te he amado a la bella hija del banquero, que dice no haber podido corresponder el amor del moribundo por su calidad de no ser cristiana.

El Rey que hace su entrada muy a tiempo mira a sus vasallos arrodillados ante su real presencia, Rey por la gracia de Dios para no ser menos, dice rimbombante:

…….Os habéis arrodillados como un pueblo dividido. Levantaos como un pueblo de iguales. Un recuerdo de emociones entremezcladas con sonrisas, rictus amargus, incredulidad y desconcierto.

Solo pienso si ese sueño descabellado se habrá hecho realidad más de cincuenta años en el futuro.

¡A tener fe!

J Carras, Julio 2016 . volver -->

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