A mis 87 años todo me parece olvidado.
¿Qué hice ayer?
Fuera de soñar no recuerdo mucho. Ahora mirando hacia el parque y el puerto en Enkhuizen, con sus aguas mansas, árboles frondosos que cubren parte del costado oriental de este atracadero aquí en el norte; pájaros, solecito y una temperatura que hace pensar en el pasado. Cierro los ojos y soñoliento…Me veo corriendo en el conventillo, tengo casi nueve años y con lo’amigo estamos jugando una pichanga en el patio. Los pies pelaos, la pelota de trapo y unos arcos dibujados en la pared de adobe. Gritamos a cada gol, a cada movida, jugamos en el patio común esquivando bateas, tarros, baldes con algo de agua, y otras tantas basuras de menor o mayor tamaño.
Soy feliz, el hambre del desayuno ya casi olvidado, y sin pensar juego y juego.
Me veo flaco, pantalones cortos que alguna vez fueron grises, ahora deshilachados y con alguno que otro parche que mi “tía” les ha puesto. Mi camisa, por llamarla así, fue blanca con unos cuellos grandes. De botones, pocos, ya que algunos se han perdido durante las pichanguitas con los rotosos estos.
Mi pelo engreñado, negro, largo sin lavar y quizás con su pulguita guacha para que no digan que nu’ai, me identifica con el resto de los palomillas. Me dicen que tengo cara de plato, semblante, aunque enjuto, bastante redondo, ojos negros azabache con su acento achinado, dientes algo chuecos y ya he perdido un par de muelas en la asistencia pública. Mi sonrisa es casi una mueca, no hay mucho que sonreír en este patio; de brazos largos delgados que contrastan con mis piernas cortas, flacuchas pero fuertes, y algo de vientre “fruto” de hambrunas pasadas.
Me llamo Eduardo, me dicen el Poncho. El porque me es desconocido, quizás por lo corto ¿negro y descolorido?
Mi tía, una vecina de mi maire – mi paire no le conocí y ya a golpes aprendí a no preguntar por él - es la que me cría. Mi maire murió hace un año de silicosis y ella me dejo “encargado” con la vecina.
Mi tía, una mujer recia como tantas en nuestra tierra, pequeña regordeta y con un delantal que vio hace años mejores tiempos,hace honor a su condición de conventillera. De humor rudo, grosero y volátil como el que más, es capaz de pasar de la escasísima dulzura a la violencia y azotar al que este en frente con correa de cuero, piedras o palos en un abrir y cerrar de ojos.
Temida por las otras viejas que la soportan por su calidad de “meica” del conventillo y su forma tan pacifica de apaciguar entuertos. De cara grande - redonda como un plato y de boca aún más amplia - grita y despotrica contras chicos, medianos y grandes, perros, gatos u cualquier cosa que de acuerdo con ella la molesta en el conventillo.
Una voz de veinticuatro horas dijo el viejo Peter alguna vez.
Las riñas son infaltables y ella, con su violencia, sabe mantenerse en el mundo a veces hosco, agresivo y pobre -sobre todo pobre- de Las Palmeras, conventillo aquí a las afueras de este rincón de Quinta normal abajo. El conventillo está rodeado por murallas, dejando solo el frente a la calle Los Pasteles, así llamada por los regalos que dejan las vacas en su recorrido al rio cercano, abierta y la vista de los pocos transeúntes del barrio. Las moscas hacen nata…
Dos palmeras frondosas, altas, llenas de gorriones y alguna paloma perdida la “engalanan” y le dan el nombre por el que se conoce. Los inquilinos de este lugar son hombre mujeres y niños de una variedad entre morenos, blancos, pelirrojos y hasta un albino.
Todos con una cosa en común , pasar la pobreza lo mejor posible. Las Palmeras vive, ruge, sufre en silencio su abismal falta de medios y crece. Los jóvenes ya siguiendo los pasos de sus ancestros – ya sean los biológicos o los que la crueldad les ha asignado – van adquiriendo las costumbres ambientales y la embriagues esta ya aceptada, arraigada en el modo de vida de este y todos los conventillos de los alrededores.
¡Beber en exceso es una gracia!
El club de futbol también se llama así y son respectados no solo por su capacidad futbolística sino porque algunos de sus defensores optan – dicen – por sacar cuchilla si las cosas no salen como ellos las quieren o interpretan. Reconozco que fuera de los pelambres naturales nunca supe de algún hecho realmente mañoso, así como tampoco que un árbitro local les cobrara un penal… Al frente, cruzando la calle están las murallas de una viña, espinos plantados como cerca se dejan ver y sentir si alguno osa a tocarlos o trata de saltar la pared en tiempo de la uva.
Como a 100 metros más allá esta la acequia de regadío para las vinas y los diferentes predios agrícolas del lugar que con sus aguas regaran las parras y así abundar la cosecha y la resultante chicha entre otros. La vereda, al borde de la muralla de los espinos, cruza la acequia por medio de un pequeño puente que con unas barras de hierro que impiden la pasada hacia la viña y sus frutos prohibidos para los del conventillo.
El amigo de mi tía un borracho de viernes a lunes por la mañana y el resto encañonado para poder trabajar en la obra de ladrillos no lejos de nuestro conventillo es un hombre violento. Negro, alto, fornido, marcado de viruelas, ojos pequeños ladinos, nariz ancha y un pelo crespo negro, engarzado, unas greñas que le ha dado el apodo del “cabeza e somier”. Apodo que no se lo dicen en su cara ya que con el cuchillo en mano es un hombre que atemoriza al más choro entre los choros.
De brazos largos y fuertes que le sirven de armas poderosas sobre todo contra mí y los otros mocosos de alrededor. Poncho, vamos pa’ la obra me llama. Cuando me tiene a tiro me pega un coscacho que me hace saltar las lágrimas y corro adelante para esquivar cualquier otro arranque de afectuosidad de esta bestia.
Voy con hambre, según él me levante muy tarde y no hay tiempo para un tachito con té y un trocillo de pan. Esta semana no he comido mucho. La tía también como que se arrepiente que esté con ella y muestra señales claras de que la solidaridad se está acabando.
Ya también me ha pegado y gritado “chiquillo e mierda, hijo e puta” mientras los golpes llovían. Sigo trotando para calmar el frio y mi sombrero de verdejo poco ayuda contra la helada matinal. En la obra nos toca llevar los adobes (que fueron puestos a secar al sol por mí y todos los niños que trabajan en la obra) al horno. Trabajo duro y de sol a sol.
Poncho tráenos agua, Poncho ayuda al Peter, un hueon de seis años, con los mocos colgando, una barriga que acusa la desnutrición y a punto de llorar por los esfuerzos de levantar y acarrear los adobes en dirección del horno.
Está a medio camino, sus piernillas flacas, sus pies descalzos, rojos por la escarcha matinal, haciendo equilibrio con el abobe apoyado a su vientre. No rompe a llorar, se traga las lágrimas, sus ojos enrojecidos piden una piedad que allí no existe.
Corro hacia el – fustigado por los posibles cariños del cabeza ‘e somier – gritándole garabatos y le ayudo con el adobe. Él se calma y no dice nada, solo mira como un enanito de ojos grandes, sin mejillas casi, de cara inmunda y unos pantalones cortos demasiado grandes no solo para su edad sino también para sus pobres y escasos kilos.
Mira y me sigue lentamente, una sonrisa de honda pena asoma en su carita de niño. Sudamos y nos toca parar para una colación magra y que es más magra pa’ los gueones chicos. Si estrilamos nos llueven los “Cabros e’mierda” no hacen na y quieren comer los perlas”, pata’en la que jedi si siguen alegando.
Callamos y masticamos los mendrugos en silencio. El sol azota, mis espaldas negras lo soportan por aquello ¿y sino que vamos a hacer? Sufro y también a eso de las tres de la tarde también necesito ayuda. Esta vez llaman a otro más grande el que me grita y zamarrea en forma violenta para grandes risas de los que el sábado se llevaran la plata dándonos a nosotros unas monedillas por la molestia.
Monedillas que irán a parar a los bolsillos de la tía. Ahora nos dejaran ir a la escuela, anoche después de mostrar alegría por la escuela me dieron una paliza, me patearon y me dejaron afuera de la pieza. Dormí en el corral de al lado con las patas de los burros de barrotes de mi cárcel.
Lloré y recordé tiempos mejores cuando mi maire estaba bien y nos cuidaba mucho mejor, aunque las miserias estaban siempre latentes. Ella era lavandera para los ricachones del barrio y lavaba sin cesar, el viejo trabajaba por allí por allá y lo poco que recibía se lo tomaba en el bar de la esquina.
Él era un poco lento de cabeza, pero no conocía la violencia excepto cuando el alcohol lo enceguecía y con su fuerza gigantesca era un bruto más entre los tantos del bar. Mi madre le obedecía cabizbaja y le cuidó con esmero después que un capitán de ejército, borracho, le pegara un cachazo por estar sentado en la puerta de su ranchito.
Que mirai roto’emierda fue la excusa para quebrarle la sien con la cacha de su pistola. Jamás se recuperó y se le veía sentado sin poder hacer nada. Las babas se le caían y su aspecto era de un flaco que iba acabándose a medida que pasaba el tiempo. Murió sin que nadie se acordara de él.
No hubo denuncias ni pacos ni justicia. El capitán siguió su carrera, ascendiendo por antigüedad y ganado más dinero debido al estado de guerra contra el eje germano-japonés. Voy a la escuela por las mañanas y por las tardes me toca ayudar a parar adobes. Vamos agachados por las hileras, tendidas la semana pasada con nuestro dolor y no escaso sudor, parándolos y dejándolos cruzados.
Los primeros cincuenta no molestan tanto, pero la inmensidad de las hileras nos hace ir cada vez más lentamente. Un esfuerzo en mover los brazos, tirar con la muñeca y dedos, el hombro de tu mano preferida se agarrota, el codo duele, el antebrazo te hiere profundamente. Paramos unos minutos y el chicoteo del jefe se escucha clarísimo.
A moverse mierda, vamos… Obedecimos y con ese humor tan nuestro le decimos en voz baja,
¡si conchetumaire!
Llega el sábado tan esperado, quizás nos den algo más para darle a la tía y quizás lograr algo más de pan y te con harta azúcar a la hora de las onces.
JCarras -2015 Jul 2024.
Dedicado al Poncho y a Las Palmeras.
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